Despacito y por la izquierda

Rolando Arellano Cueva
Presidente de Arellano Marketing y profesor de Centrum Católica

Muchos de nuestros problemas sociales y empresariales, más allá de las explicaciones cotidianas, tienen raíces muy profundas ligadas a las nuevas características de la sociedad peruana. Ello sucede por ejemplo en el caso del pésimo tránsito de nuestras ciudades.

Sin duda las pistas no adaptadas para tantos carros, la falta de policías y de semáforos y la poca disciplina de los choferes, son causas de este problema. Pero también lo es el que la mayoría de conductores vengamos de una nueva clase media sin experiencia de manejo.

Cuando una persona de la clase media tradicional, quizás de Estilos de Vida LATIR sofisticado (moderno y muy cosmopolita) o formalista (empleado en una empresa), compra su primer auto, se acordará de cómo conducían su padre o sus tíos. Sabrá así que debe poner luces direccionales para girar, que no debe pasar en ámbar y que si cede el paso, todos van más rápido.

Eso no ocurre con el joven de la inmensa nueva clase media que, como la mayoría de este grupo, es el primero de la familia (o del barrio) en tener automóvil y solo conoce lo que memorizó para el examen de brevete. ¿Por qué no ir cómodamente muy despacio por la izquierda de la pista?, diría de buena fe la joven moderna que pagó su carrito vendiendo cosméticos. ¿Por qué desaprovechar el pasar en luz verde? Se preguntaría el taxista progresista, aunque bloquee así el paso a otros. Siendo ellos la mayoría de compradores de los autos que se venden cada año, el caos se potencia.

Si las autoridades entendiesen profundamente a estos conductores, sabrían que para mejorar la circulación, además de construir puentes y ‘by-pass’ deben hacer campañas educativas sobre reglas básicas del buen manejo, esas que se suponía ya conocidas por todos. Y por lo mismo quizás las vendedoras de autos harían promociones de enseñanza de reglas a sus prospectos, para que aprovechen mejor su adquisición. De paso, las marcas nuevas verían su oportunidad en un mercado sin experiencia de marcas, mientras que las clásicas empezarían a comunicar lo bueno de comprar a fabricantes con trayectoria.

Por cierto, muchos otros problemas se entenderían mejor si se considerara nuestra cambiante realidad social. Tal vez la huelga de maestros, además de sueldos y exámenes, expresa un clamor por la pérdida de prestigio social de su profesión, que no se está tomando en cuenta. Y en el tema de la lucha contra la informalidad se debería considerar la desconfianza que tienen las mayorías en las autoridades que les piden contribución. Y en fin, ¿cuántas empresas no progresan porque se contentan con respuestas “evidentes” como “esa gente no quiere calidad” y por eso ellas también van despacito y por la izquierda?

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