La familia Fernández cambió

Rolando Arellano Cueva
Presidente de Arellano Marketing y profesor en Centrum Católica

Durante cientos de años, la familia, dirigida por el padre, determinaba el comportamiento de todos los miembros del hogar. Eso cambia drásticamente hoy, pues la esposa y los hijos tienen mayor libertad de acción. Veamos.

Allá por 1960 o 1970, don Pedro Fernández tenía un negocio de telas y su esposa Carmen cuidaba la casa. Felipe, el hijo mayor, trabajaba en la tienda y Juanito, el siguiente, estaba en el colegio y luego se integraría al negocio. La hija Isabel estaba casada y, como su madre, dependía legal y financieramente de su esposo. Mientras que Antonieta, la hija menor, trabajaba fuera hasta que se case.

Los Fernández de hoy son distintos. El padre, Felipe, es empleado en una empresa (tiene un Estilo de Vida Formalista según LATIR*) y su esposa Marita tiene un pequeño salón de belleza y a veces gana más que Felipe (es una Moderna). El hijo Sebastián terminó su maestría y es muy internacional (Sofisticado), mientras su hermana Carmen cuida la casa familiar y quiere casarse pronto (Conservadora).

Así, si hasta hace pocos años todos giraban alrededor de la ocupación y la personalidad del jefe de familia, hoy cada miembro tiene ingresos y maneras propias de actuar y de expresarse. Ello plantea un reto a la mayoría de institutos de estadística, investigadores y analistas sociales latinoamericanos, que clasifican a una persona (hijo o cónyuge) como de clase alta, media o baja, de estrato 1, 4 o 6, o de nivel socioeconómico A, D o E, basándose en la profesión u ocupación de quien tiene mayor ingreso (generalmente el esposo) más algunos datos de equipamiento de la casa.

Esta clasificación es útil en algunas circunstancias, pero a diferencia de antes, resulta corta para deducir el comportamiento o los gustos de las personas. Saber que el bogotano Sebastián Fernández es “Estrato 3”, nos dice algo sobre la casa donde duerme y sobre su padre Felipe, que solo terminó la secundaria, pero no que él tiene un MBA y le gusta ver TV en ‘streaming’. Y tampoco nos dice que Marita, la esposa activa y con ingresos propios, es muy distinta a su marido. En un mundo de ‘millennials’ y de mujeres empoderadas, definir a los Fernández por su familia, y a la familia por el “jefe del hogar”, resulta insuficiente.
Esta situación plantea dos desafíos. El primero es entender mejor cómo funciona la nueva libertad de cada uno de los miembros de una familia, para adaptarse mejor a sus gustos y preferencias. El segundo es inmensamente más importante: esforzarse para que esa libertad no atente contra la función central del grupo familiar en la historia del mundo, la de ser el eje fundamental de unión, afecto y colaboración de la sociedad.

(*) Los invito a leer mi nuevo libro “Mucho más que tener, LATIR”, Edit. Planeta.

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