Las huacas: los agujeros negros de Lima

Rolando Arellano Cueva
Presidente de Arellano Marketing y profesor en Centrum Católica

En Lima hay muchos “agujeros negros”, que es como llaman en un reciente libro J. P. Crousse y sus alumnos de Arquitectura de Harvard a las huacas escondidas de esta ciudad. Transcurridos unos días del 12 de octubre, comienzo del primer gran mestizaje peruano, es bueno pensar en sacarlas a la luz, sobre todo hoy, que la sociedad limeña ha cambiado inmensamente.

¿Por qué los limeños hemos escondido nuestras huacas, vestigios de las culturas precoloniales de esta zona? Una parte de la explicación es que la Lima de antes de las migraciones, la de dos a cuatro millones de habitantes, la de los toros y el vals, era una ciudad proespañola, centro de la conquista y, por tanto, lugar de vencedores. Y por ello Lima rechazaba todo lo que venía de los Andes, origen de la cultura conquistada, al punto que llamar a alguien “serrano” era aquí el peor insulto. Y para ignorar mejor ese pasado, resultaba conveniente ocultar las huacas que lo recordaban, darles la espalda, rodearlas de muros, convertirlas en “agujeros negros”.

Pero hoy Lima es distinta: una ciudad con 10 millones de habitantes donde más del 80% son migrantes o descendientes de ellos, sobre todo de la sierra, que es la región que más perdió en los intercambios poblacionales de los últimos 40 años. Hoy Lima no solo es la ciudad costeña más grande del Perú, sino también la mayor ciudad serrana del país, pues aquí hay más gente andina que en Cusco, Huancayo y Arequipa juntos. Gente que sabe que en los Andes de sus ancestros brilló un imperio más extenso que cualquier otro en el mundo de su época.

Y si la primera generación de migrantes serranos fue discriminada por guardar sus tradiciones, sus hijos comenzaron a construir una cultura mestiza de costa, sierra y selva, y sus nietos y bisnietos, hoy mayoritarios, integraron ya en su sangre todas las raíces. Total, dice cualquiera de nuestros jóvenes, mi abuelo es de Ayacucho, mi papá de Cañete, mi “vieja” de Apurímac y yo nací en Villa El Salvador, al ladito de un “agujero negro”, el templo de Pachacámac.

Y es esa generación, sin los miedos de sus abuelos ni los frenos de sus padres, la que empezará a reconocer el valor de nuestro pasado antiguo y a integrarlo con nuestro futuro, si la orientamos a ello. Si apoyamos el trabajo de personas como Javier Lizarzaburu, apasionado de la Lima milenaria, de instituciones como el Patronato Cultural del Perú que expondrá en la Bienal de Arquitectura de Venecia, y de muchas personas que están trabajando para que esos “agujeros negros” se abran. Porque más que agujeros físicos, las huacas ocultas son agujeros de la memoria, que deben salir a la luz para ser un orgulloso símbolo de nuestra esencia mestiza integral, española e inca.

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