Me duele Venezuela

Rolando Arellano Cueva
Presidente de Arellano Marketing y profesor en Centrum Católica

Aunque mis abuelos tienen miles de años, yo estoy solo llegando a mi segundo centenario. Pero hoy me duele especialmente Venezuela, aquí, cerca de mi hombro izquierdo. Y me preocupa que ese inmenso dolor se propague a otras de mis partes.

Como todos, en mi vida he tenido épocas con muchos problemas, sobre todo aquellas en que mis distintas zonas empezaron a pelearse entre ellas. Dolió mucho cuando se enfrentaron mi Chile con mi Perú y Bolivia y, hasta hoy, cuando hay luna llena, me fastidian algunas de las cicatrices. Y fue terrible cuando entre mi Brasil, Uruguay y Argentina le dieron fuerte a mi pequeño Paraguay, además de las muchas otras rencillas que poco se recuerdan. Y he tenido problemas crónicos, como en mi Colombia con las FARC, aunque creo que estoy sanando por allí.

Pero a pesar de esas épocas malas, en los últimos 20 años he crecido bastante, no tanto como mis amigos del otro lado del Pacífico, pero sí mucho más que en otros períodos de mi historia. Por cierto, eso se observa mejor en mi México, Panamá, Chile, Colombia o Perú, entre muchas de las partes en donde, a pesar de los problemas, las cosas avanzan, pero no faltan zonas que se me desarreglan. Por ejemplo hace poco mi Ecuador se excedió gastando y me preocupa pues allí no tengo tantos recursos como en mi Argentina, esa pierna izquierda que cada cierto tiempo se me descontrola. Y me ha dado una fuerte indigestión en Brasil, que contagió a otros, pero como el problema ya se detectó, se están aplicando las primeras medidas de mejora. No me quejo de eso, porque dicen que uno solo deja de sentir dolores cuando muere.

Y hoy es en mi Venezuela –que antes no me preocupaba mucho pues tiene grandes recursos– donde tengo los grandes problemas. Creo que se me ha desarrollado allí uno de esos virus que crecen más rápido donde hay riqueza fácil. Cierto que lo tengo por todos lados, pero en mi parte llanera, esa que cantaba que nació en una ribera y es hermana de la espuma, se ha convertido en un gran cáncer.

Y ante ese sufrimiento me preocupa que muchos de mis países no sientan la gravedad del tema. No solo porque olvidan que mi Venezuela los recibió cuando necesitaban ayuda, sino también porque los puede contagiar a ellos. Quizás no entienden que más que una geografía soy un organismo vivo, en el que cada parte contribuye al bienestar, o al problema, de los otros, como lo muestra mi historia, en la que la independencia, las divisiones políticas, las dictaduras militares, las guerrillas y el crecimiento económico se dieron por contagio directo y rápido en todas mis regiones.

Y por todo eso, por el bien mío, que somos todos, debemos actuar pronto para que Venezuela no me siga doliendo.

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