El nacionalismo peruano después del 28

Rolando Arellano Cueva
Presidente de Arellano Marketing y profesor en Centrum Católica

Durante las Fiestas Patrias, como los fuegos artificiales que se escuchan en los pueblos, se da una explosión de expresiones nacionalistas en la población y en las empresas. Eso está muy bien, pero estaría mejor si ese entusiasmo por lo peruano durara todo el año, pues pareciera que estamos perdiendo un sentimiento nacional muy útil para nuestro desarrollo.

Allá por el 2004 nuestros estudios mostraron el surgimiento de un nuevo nacionalismo, expresado sobre todo en la mayor preferencia por productos hechos aquí. La razón parecía ser la necesidad de encontrar símbolos de orgullo nacional, en un país que empezaba a crecer pero que no tenía a quién admirar, más allá de Miguel Grau, héroe de casi siglo y medio atrás. Y vimos que si nos habían traicionado políticos, futbolistas o artistas, el lomo saltado, la lana de vicuña o el chocolate Sublime, siempre nos fueron fieles. Los productos, a los que se les sumaron las victorias de Sofía Mulánovich, Mario Vargas Llosa y Gastón Acurio, entre otros, renovaron nuestra estima personal y la de nuestra industria.

Pero hoy vemos que ese nacionalismo disminuye sustancialmente y, salvo excepciones relacionadas con la comida, la peruanidad pierde valor. Peor aun, se ve que en los temas ligados a tecnología, innovación y mirada al futuro, sus usuarios se esfuerzan por mostrar su origen foráneo, casi como cuando antes se anunciaba “refrigeradora importada”, para mostrar que era buena porque no era hecha aquí. Y con más frecuencia pierde peso el idioma, pues cada vez más empresas ponen nombres en inglés a sus productos.

La visión internacional es entendible y necesaria en un mundo abierto como el que se nos viene, pero debe tenerse cuidado en mal entender esa tendencia y por ella abandonar nuestras raíces. Por un lado, los gerentes de las empresas deben entender que al menospreciar lo nacional están disminuyendo también el valor intrínseco de sus propios productos, transmitiéndoles ese mensaje a sus trabajadores y a su mercado. Por otro lado, los consumidores deben darse cuenta de que al preferir productos propios generan trabajo, bienestar y orgullo para sus familias y cimientan el futuro de sus hijos.

No se piense que este es un pensamiento chauvinista, ultranacionalista peruano, pues es más bien una actitud normal en muchos países. De hecho, en mis épocas de profesor en la Universidad Laval en Canadá, escuché este consejo de un empresario a una promoción de administradores: “Para triunfar como país les doy un consejo muy simple: comprémonos entre nosotros y vendámosles a todos”. Creo que si recordáramos esa frase, pasada la euforia de 28 de julio, tendríamos en el año muchos más días de Fiestas Patrias.

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